Materia
Lucas pensó que aquel parque era tan bueno
como cualquier otro. No es que tuviera preferencias en cuanto a parques, tan
solo que exigía poco y con poco se conformaba. Lucas se sentó, muy cerca de una
fuente que esparcía el sonido del agua por las alas extendidas de un cisne de
alabastro, y estiró las piernas. Sintió el silencio del rumor de abril. El
parque respiraba tranquilo, a través de las sombras de los árboles, y un mirlo
de cola vacilante se atrevió a danzar sobre la hierba, a poco más de dos
metros.
Visto desde el cielo, este parque apenas
sería una minúscula mancha verdosa en un plano. Un parque de escaso
reconocimiento municipal. Pero, pensó, tiene una fuente alada y rítmica y se
hizo eco del agua. El sonido lo acomodaba y lo seducía mientras el tiempo se
detuvo. Y sueña. Un sueño poblado de susurros y placidez y cualquiera podría
adentrarse, en voz baja, por sus párpados cerrados.
Pero ha movido las pestañas y se percibe una
convulsión, ligera, un soplo en la faz del agua y en el envés de las hojas.
Lucas despierta, se incorpora y se marcha. Deja el parque, sigue la ciudad, mientras
el mirlo escapa en alarmante desacuerdo.