domingo, 4 de mayo de 2014

ESTORNINO


    Voz: más sonora y aguda que la del Pinto; un siiuu notablemente silbante ( Roger Tory Peterson & Guy Mountfort & P.A.D. Hollom: Guía de campo de las aves de España y de Europa. Ediciones Omega. 1995. Cuarta reimpresión 2006.)

      Encendió el ordenador y buscó imágenes de estorninos. En youtube encontró un vídeo que le mostraba los extraordinarios movimientos de las bandadas de estos pájaros, que al atardecer, sobre los campos de la feliz Inglaterra, forman nubes airadas e impredecibles. Movimientos tubulares que acabaría por saber que se conocen como "murmuraciones". Acompañaba al vídeo una pieza musical, el apócrifo Adagio de Albinoni, así que los estorninos parecían danzar con estudiada y decadente sensualidad para la cámara. Estaba pensado en eso, en que, quizá, hubiera una intención oculta en los pájaros, un exhibicionismo natural y libre, cuando se le ocurrió que en realidad estaban imitando las fluctuaciones de nuestra imaginación. La danza de los estorninos era la imagen que de nuestra imaginación la naturaleza proyectaba sobre los campos, inasible y volátil, ligera y oscura, dirigiéndose a ningún lado y siempre a un lugar seguro dentro de nosotros mismos. Volvió a dar al play y observó con detenimiento los perfectos límites del bando de aves y buscando otra analogía se percató que, desde la distancia, la bandada se comportaba como el humo del tabaco, solo el humo de las hojas del tabaco oscila con iguales ondulaciones. La comparación le pareció divertida, no carente de subjetividad, un hallazgo como otro cualquiera. Con estas cosas fue pasando la tarde, hasta que cansado de mirar la pantalla, se levantó y salió a la terraza del piso y vio como, a lo lejos, sorteando el paisaje de bloques de cemento y antenas, una cigüeña blanca avanzaba lentamente hacia poniente.

METAMORFOSIS

Lo que ella significó, ¿qué fue? Tumbado sobre la cama, a oscuras, forzó los vagos pliegues de la memoria sin apenas entrever nada. Respiró hondo la confusa oscuridad de la habitación y exhaló, y volvió a respirar y a exhalar profundamente, atrapando las burbujas de aire en las recónditas cavidades de los pulmones, y relajó el cuerpo como le había enseñado el coach en las clases de control emocional. Respiró una y otra vez, inspirando y espirando, dejándolo todo atrás, pensando solo en la respiración, sintiendo como desaparece la gravedad del cuerpo, miembro a miembro, nada pesa ya, ni la cabeza, ni el torso, ni las piernas, sintiendo la levedad en los brazos, los dedos son plumas delicadas, sintiendo el aire en las yemas, una  forma única y sensitiva al compás del diafragma que se curva y se arquea exhalando, sintiendo el aire que te recorre, olvidando las preocupaciones de cada día, el estrés, los problemas que no quieres en ti, expulsándolos serenamente en cada respiración, respirando y exhalando, inspirando y espirando, tranquilizándote, visualizando un lugar agradable, sonidos que te reconfortan... y, según se alejaba la voz pausada y grata del narrador, relajado, distendido, alzó los dedos, con delicadeza, como queriendo tocar la oscuridad o como dibujando una forma, y en el vapor del sueño le llegó un aroma fresco y un sabor a saliva, y el color azul, el mar como una bandeja de zafiros; y a través de ese fuga psíquica regresaron los recuerdos, desordenados y carnales, que lo adentraron en el territorio complaciente de la sensualidad.