ILOTAS
No sé nada de escritores griegos -le dije... ¿Te quedaste en
Homero?- me interrumpió burlona, colocándome en la mano un paraguas plegable y
rojo. Sí, y pensé en Zorba. Un flash.
Había llegado a Atenas la noche anterior y aún estaba cansado del viaje. No
había dormido bien. Me sentía congestionado y somnoliento y la luz cenicienta
de la mañana no ayudaba. ¿Tomemos un café? - le insistí. Conocí a Penélope en
Salamanca, en un bar, una estudiante de español que despotricaba, entre cañas y
pinchos, de la universidad y de los profesores. Nos hicimos amigos. Y ahora la
visitaba, una gran semana para ella: había publicado una novela de éxito. La
acompañaría un par de días en la promoción. Hoy en una librería, mañana en Tesalónica,
su ciudad de origen, donde la familia la esperaba orgullosa e impaciente. Era un turista afortunado.
Entramos en un local y continuamos con la charla que
comenzó a la puerta del hotel. Ni saludos ni formalismos. Hacía años que no nos
veíamos pero la naturalidad con que arrancó la conversación me convenció de que
hay amistades que tienen un tiempo propio. Ahí estaba, el pelo castaño, los ojos
verdes, los labios delgados y perspicaces. Unos años más, pero la misma energía:
el fin último de la literatura es cambiar la sociedad, es catarsis, una
sobredosis de vida, la literatura es solidaridad. Esta sociedad, insistió,
mirándome a los ojos. Yo la escuchaba leyéndole los labios mientras el bar se
llenaba con un grupo de jóvenes ruidosos, y un camarero con un cigarrillo en la
boca nos servía un café y un té verde. ¿Y cómo podría hacer todo eso que dices?-
inquirí. No es fácil, por supuesto. No es un aquí y un ahora. Sin duda no existe engendro estético que revierta la deriva de esta crisis, y es una crisis con
carga de profundidad, dinamita para los cimientos de la civilización. Fíjate, mira a
tu alrededor, todos esos chicos y chicas se escudan en los móviles para tener
un motivo de conversación. Son
conversaciones rotas, atomizadas, fragmentos, trending topics, seguramente mediadas por otros, sean empresas u organizaciones, qué sé yo, intereses. Como personas, sin embargo, no se
sienten alienados. No sienten el dilema ni les preocupa. Y me hablarás,
supongo, de las bondades de la red: capacidad de convocatoria, la información,
la inmensa voz crítica y libre que se expande... que la red agita la realidad: ¡un
consuelo! Si así lo creyeses, te equivocas. Tan solo una cabeza hambrienta de
la Hidra. Detrás de la pantalla se repliega el ensimismamiento y el
algoritmo que lee los datos al servicio del consumo, nunca al servicio de la
gente. Es un proceso febril de deshumanización y en un futuro, y no muy lejano,
nadie va a saber cómo zafarse de la telaraña.
Otro espresso, con
crema. Observé que los chicos estaban muy animados. ¿Nos vamos? Sí. Salimos a la calle. Una lluvia
polvorienta y pegajosa había caído desde la madrugada sobre Atenas, dejando los
coches sucios. Los charcos aceitosos centelleaban como arcoíris... Había que buscar un autobús, así que caminamos. Necesitaba respirar y se
me ocurrió decir: la literatura es una semilla... buscaba su complicidad. Podía
haber dicho cualquier otra cosa. ¿Y bien?¿Cómo sigues tu metáfora? No sé, depende.
¿Sabes qué ha cambiado en estos años?- me contestó. La sensación de que no hay
un lugar al que ir. O exactamente de que solo hay un lugar al que dirigirse, la
frustración. El sentimiento de derrota es la constante. Nos estamos rindiendo.
Habitamos un país cuyo suelo está hecho de incertidumbre, como un magma apagado y
grisáceo. De esta negación se alimenta la violencia, y te aseguro que aquí
tenemos ejemplos que me avergüenzan. Parece que nada se ha aprendido. El odio
se infiltra en las bilis de los que se rinden y nos escupe a la cara. Las
lecciones de la Historia se deforman en el rencor. Cambio. Solidaridad. Esos
son espejos en los que mirarse. Convencer de que el nuevo paradigma debe ser la
ilusión. Para superar una depresión social hay que hablar mucho, contarla,
sacarla fuera. Esa es la palabra que ofrece la literatura. Desde adentro hacia
afuera. Nadie por sí solo saldrá del profundo hoyo en el que estamos.
Desconfiamos de los líderes, del poder que en última instancia se diluye en los
organismos internacionales. De las viejas estructuras políticas corruptas. De
los profetas. Hay que buscar refugio en los demás, y crear un gran discurso de
la ilusión que desvista los problemas de nuestro entorno y nos permita
enfrentarnos a ellos con voluntad y esperanza.
No te rías. No lo hago -le repliqué- el asunto es serio y
tú me entusiasmas, solo sonrío. La literatura, prosiguió, ha gritado y debe
gritar que el rey está desnudo. Tiene la obligación de rasgar el velo que ciega
a la gente. Y... ¿crees que me equivoco? No, en absoluto -me defendí-, tomo en
serio tu argumentación. La cosa no está para hacer bromas. Es posible que la
literatura, así en minúsculas, o el arte en general, esté obligada a denunciar
la injusticia -y me vuelve a asaltar un nombre: Costa Gavras: estoy empatizando con el ambiente-. Solo -siguió ella- me pregunto con cinismo cuál es el verdadero alcance de esta apuesta.
Hasta dónde llega. Quizá -continuó- parezca un camino trillado. Un tópico. Pero
nada más falso, porque jamás es suficiente. Nos habíamos complacido en los años
en que el país vivía en una euforia económica de ficción y ahora somos el pan
con que se desayunan cada mañana las agencias de rating. Cada época es distinta
y ésta precisa con urgencia un cambio. Que el timón gire. Una reflexión amplia
y ordenada donde prevalezca la recuperación de la autoestima. ¿Sabes acaso qué
es la felicidad? Un absoluto imposible, humo, certeza barata: el nacionalismo
es uno de esos absolutos que aquí toma carta de realidad, un absoluto que nace
de las vísceras. Un error. La felicidad ha de ser un estado humilde, el simple hecho
de sentirse bien: salud, educación, oportunidades. Así que la literatura no ha
de ser manifiesto, panfleto, eslogan sino el aliado natural de la vida. La
conciencia verbal que se manifieste al lado de las especies en peligro de
extinción. La voz de la vida. Si
volvemos a tu ejemplo, ¿en qué humus fértil sembrarás tu semilla, con qué agua
se regará, qué mano le arrancará las malas hierbas? Esta crisis que llaman humanitaria es una crisis humana y el rastro de dolor nos obliga a pensar que
la siguiente será aún más terrible. Ten presente que habrá una crisis
energética. El colapso en la producción de petróleo es evidente a no muy largo
plazo. No hay que ser ingenuo: en el Ártico se están emplazando los barcos de
guerra, no los científicos estudiando el deshielo. Ese horizonte es terrible
y la relajada confianza depositada en los avances tecnológicos no nos ayudará.
El caos, mi amigo. Las expectativas son alarmantes. ¿No te parece?
El sonido atronador de una motocicleta Honda y el rastro
denso de humo me golpeó la garganta. ¿No te parece? - repitió alzando la voz
para sobreponerse al terremoto sonoro. Yo asentí con la cabeza. La ciudad es
una cárcel, siguió. Cada fin de semana, amigo, los senderos de las montañas son
conquistados por los excursionistas. El deporte activa un vínculo esencial
entre el hombre y la naturaleza. El aire les sienta bien, está más limpio. El
silencio les calma. El cansancio al final del trayecto les estimula. Esa es la
idea. La literatura ha de ser campo. Por supuesto, no quiero referirme a los
tópicos que estudiábamos en clase, ni locus
amoenus ni alabanza de aldea. No
es alpinismo sino la libertad para reconocerse de nuevo. Habrá que aprender
mucho aún. El camino está por hacer. Y entonces, con un gesto rápido, me indicó
que llegaba nuestro autobús.
Íbamos a Plaka y de allí a la Acrópolis. Llevaba un mapa
turístico y una pequeña cámara Nikon en el bolsillo de la cazadora. Tuvimos
suerte, el autobús iba casi vacío y nos sentamos. Elegí el interior. La lluvia
caía de nuevo. Olía a humedad rancia. Era un turista que encontraba a través de
su reflejo en la ventanilla un paisaje conocido. Contenedores de basura a
rebosar, conductores ansiosos, grafitis, letreros de neón azulados y gente que
caminaba deprisa bajo los paraguas. Entonces, me asaltó a la mente una sucesión
de imágenes de verdes prados con vacas, campos de amapola y maíz, una granja,
unos niños sonrientes... música de Schubert, ¿quizá?, no reconocí la pieza que
jugaba con las estampas de placidez. Con ironía se había filtrado desde mi
inconsciente la cabecera de un programa infantil mientras el autobús daba
trompicones y avanzaba melancólicamente entre la riada de coches. Nada más
llegar, le pedí a P. que me acompañase a una tienda de suvenires. Tenía un
antojo. Pagué 7 euros por una mala reproducción de Pallas Atenea. Los dioses
aún nos hablan, me comentó en perfecto español la vendedora, y P. sonrió. ¿Para
qué quieres ir cargado ahora con eso? ¡Hubiera sido mejor a la vuelta! No hay
lógica - contesté-, soy un turista emocional, digamos.
Con los pies fríos, calados por el agua finísima que se
iba adhiriendo a la ropa y a la tela de los paraguas como otra piel, avanzamos
esquivando a los grupos de viajeros que se afanaban en no perder de vista a los
guías, y no resbalar. No era un buen día para disfrutar de las silenciosas piedras de la
civilización. Desde el teatro de Dionisio, de espaldas al gran ojo glauco de la
Acrópolis, contemplé los robustos nimbos azulones que se cernían sobre la
ciudad como un amenazante escuadrón de bombarderos. En pocas horas pensé que Atenas
sería una esponja o un erizo de mar. Entre tanto, P., hablaba de Pericles y de
la economía del turismo. Tenía frío, y me fijé en que le tiritaban los labios
ya amoratados. No quiero que enfermes -le insistí-, ¡hoy es tu día! Además, ¿habrá
que comer algo? ¿Verdad? Tanto andar y tanto hablar da apetito.
Desde el Areópago, apurando la última panorámica de la
ciudad, la Acrópolis fosforecía contra
el cielo gris y violeta. La lluvia comenzaría a caer a mares. Así que huímos en
busca de un restaurante que P. conocía, fuera del circuito turístico. Llegamos medio
empapados pero alegres como colegiales que han disfrutado de una gran aventura.
Menos mal que el lugar era acogedor y cálido. Un pequeño restaurante con mesas
de madera y manteles a cuadros azules y blancos, imitando la bandera nacional.
Sencillo, asequible. Nos sirvieron ensalada con queso feta,
musaca y vino blanco. Y ouzo. Comimos tranquilamente y recordamos a algunos
amigos y la universidad. Estaba feliz de tener a tan excelente anfitriona y
amiga.
En El banquete
-me comentó de forma distendida, mirando el vasito de ouzo, saboreando el
alcohol-, Sócrates decía que el amor era querer poseer siempre lo bueno y que
el objeto del amor es la generación de la belleza. ¿Cuál sería el objeto de la
literatura? El objeto de la literatura es la generación de la libertad. Pero
tiene un enemigo terrible: la censura. Sí, no me mires así. Hay censura. Existe
dentro de nosotros mismos. La libertad está coaccionada por el vampirismo de
los mercados. La censura que el individuo se autoimpone es la sangre que
succionan. Huelen el miedo. Tú mismo lo confirmas cuando cuentas cosas tan
terribles que están ocurriendo en España, tu aquí y tu ahora. Pensamos en un
momento que vivíamos en una época sensible al ser humano y no lo es. Proliferan
las ongs y las denuncias de respetuosas organizaciones internacionales, en la
misma proporción en la que los Estados promulgan leyes represivas. Extienden el
miedo. ¿Te has fijado en los furgones policiales? Están por doquier, y piensas
que nos protegen de presuntas amenazas terroristas o ¿acaso no
intimidan? ¡ Y el dinero! Sale en estampida al primer rumor. Hay mecanismos
tránsfugas para aquellos que poseen ingentes cantidades. El resto queda atrapado
en una maraña. El dinero, quizá la más abstracta de las invenciones, se fuga
como un gas inasible y precipita a los ciudadanos de un país a la catástrofe.
Crisis y catástrofe son palabras griegas. ¿Poco estimulantes? ¡No tienen la
belleza del Partenón pero ahí están! Un regalo de nuestra antigüedad. ¡Suena irónico! ¿Cómo era el refrán? A caballo regalado...
Pedí otro ouzo, me sabía bien mientras escuchaba la
disertación de P. Le traje a la memoria a aquel profesor que advertía, cada
cierto tiempo, de que somos esclavos del lenguaje. Cada escritor era esclavo de
su estilo y P. señaló, con acierto, que más bien eran esclavos de su vocación.
Aunque ese no era el mayor de los males, según ella: es la Desilustración, y perdona el vocablo -me respondió-. Es estar a la
sombra, huyendo del compromiso, como huyen las fortunas de los adinerados. La
crisis es insondable y las fuerzas que la controlan y la dirigen, desde el
sillón de un despacho domótico, acechan como los viejos monstruos de la
mitología: estamos, amigo mío, en medio de la noche y la terrible diosa Hécate
sonríe. Cuando llegaron los men in black
del FMI yo pensé: vienen los perros de Hécate, vienen a despedazar a mucha
gente. ¿Qué han conseguido? Más miseria, más cansancio. No estamos para
fiestas. Hay que abolir la censura, la cobardía que impide el progreso.
P., déjame tu móvil -le pedí. ¿Conoces, Bután, el pequeño
país asiático? Y leí en voz alta de la Wikipedia: "El rey Wangchuck de Bután quiso conocer en 1972" más
que la riqueza de los conciudadanos, el grado de felicidad, o FNB o Felicidad
Nacional Bruta. ¿Qué te parece? ¡Sinceramente, no sé dónde está la trampa, un
rey, conciudadanos... me huele mal! - contestó-, pero si nosotros hiciéramos lo
mismo, a qué podríamos atenernos. ¡Piénsalo! Nuestro mundo relaciona la
felicidad con el objeto, con las cosas, de ahí que el consumo desmedido sea la
principal fuente de satisfacción y nuestra propia condena. En este sentido,
los escritores tienen que enseñar qué pasa. Sabes cómo lo imagino: como una
gran campaña mediática. Una gran estrategia consumista de la ilusión contra el
pensamiento único.
Será mejor P. que regresemos al hotel. Esta noche habrá que estar
despejados. Por cierto,¿y tu novela? ¿De qué trata? Ni
siquiera has dicho nada sobre ella. Una
novela - me contestó - es solo una novela. Una célula del tejido. Un pequeño
paso. Y te reconozco que de tanto hablar de ella, estoy pensando en escribir la
novela de esta novela. Un flujo de cháchara que la envuelve y me asalta la
sensación de que la merma, la hace inoperante. Yo solo quise contar la historia
de una joven que, abandonada por su pareja y embarazada, emprende una lucha
para salir adelante cuando todo lo tenía en contra. No quise que fuera un
símbolo. Solo una historia más, del día a día. Un espejo en el que el lector
comprendiera al otro. Sensibilizar al lector sin sensiblería. Mostrar en qué
realidad vivimos con la crudeza justa, y cómo afecta a unos y a otros. Pero los
números me están sorprendiendo, se vende y se lee, y me piden más.
De vuelta al hotel, nos dijimos adiós hasta dentro de unas horas
y me dejó un ejemplar dedicado de su libro. Lo había tenido todo el tiempo en
su bolso. Aprecié de inmediato el aroma a nuevo. La besé con gratitud y se
marchó con prisas y determinación porque el tiempo apuraba. Yo subí a la
habitación y mientras abría la ducha, coloqué la estatuilla de la diosa en una
mesa. Me di cuenta de que no había tomado ninguna foto y había perdido el paraguas.