domingo, 1 de marzo de 2015

Ápeiron


Ápeiron



En el año seiscientos y cincuenta y tantos antes de Cristo, la ciudad de Mileto gozaba de un tiempo de paz y prosperidad al amparo de la Alianza Jónica. Los orgullosos milesios se pavoneaban por el ágora perfumados y envueltos en ricas túnicas a la caza de los opulentos banquetes con que se agasajaban unos a otros, jactándose de haber conquistado el codiciado Egipto con especias y baratijas orientales, a expensas de los áticos. Era el mes de abril y la temperatura primaveral que ventilaba los fríos rezagados del invierno mejoraba la salud de la ciudad y transmitía optimismo a los hombres libres y confianza a los gobernantes. Los Dioses en su capricho les sonreían y la Naturaleza animaba la vida con su cálido aliento. Sin embargo, un hecho extraño y singular había irrumpido con fuerza en todas las conversaciones.

Cerca del puerto, unas higueras altas daban sombra a unos jóvenes que jugaban a los dados y comentaban a carcajada limpia que, aquella mañana, el viejo Anaximandro había corrido desnudo por las calles, chillando como una urraca sin plumas y levantando las manos al cielo, hasta tal punto que las mujeres escandalizadas lo tomaron como presagio de una inminente catástrofe. El viejo, tan seco que podría haberse clavado sus propios huesos al tropezar y caer de bruces sobre las tablas de un puesto de peces, se retorcía y deliraba en un lenguaje incomprensible que, a juicio de los muchos curiosos, semejaba el aullido de quien ya navega por las aguas mefíticas de la Estigia.

Anaximandro el sabio se había vuelto loco y moriría pronto. Tal cosa parecía evidente cuando lo llevaron a rastras a su casa, chillando y pataleando. La anécdota se extendió por cada rincón de la ciudad y por los campos cercanos, pues muy grande era el prestigio de quien fue el preferido del gran Tales. Y aunque muchos recibieron la noticia con sorna, otros se azoraron con el mal agüero y a muchos otros realmente les importó un rábano, un viejo loco más.

Por aquellos días de prosperidad había llegado a puerto un joven foceo, descendiente natural de aquel a quien se le otorgó el ingenio del Caballo de Troya, y por tanto también llamado Epeo. A pesar de su corta edad, 19 años, el joven Epeo, que aún lucía una barba limpia y una tez rosada que más de una vez le habían puesto en apuros, regresaba de un largo viaje henchido de historias que contar, por lo que creyó que era su deber encaminarse a una reputada taberna: tenía la bolsa llena, mucho que decir y unas profundas ganas de resolver el asunto de la barba. Fue en este camino cuando los jóvenes de la higuera lo llamaron y le hicieron partícipe de la locura de Anaximandro, el filósofo, y otros menesteres acerca de una tal Aspasia.

La intriga pudo más a Epeo que otra cosa y quiso conocer al insigne Anaximandro antes de que la muerte lo llevase. El hecho lo tendría en gran estima para su vida futura, así que pasó de largo la taberna y enderezó el rumbo hacia la casa del sabio. Preguntó a unos y preguntó a otros; y, por fin, con la oscuridad llamando a las puertas del cielo, halló el sitio.

Se encontró con una puerta entornada que daba a un patio oscuro. Cuando asomó la nariz y dio algún paso, el ruido de las sandalias de cuero hizo que de entre las sombras salieran algunos que lo miraron de arriba a abajo preguntándose quién sería aquel. Titubeante, Epeo, se dirigió al grupo de hombres que murmuraban y se presentó. No hizo falta más, porque de entre ellos saltó un hombretón manco, semidesnudo y descalzo, que se abalanzó sobre él sujetándolo fuerte en un medio abrazo, rememorando a rugidos la feliz estirpe del joven y aún más, la belleza y generosidad de su madre y sus hermanas, que eran famosas. Cuando al unísono le demandaron qué le traía por allí, el cortés Epeo, juzgándose prudente, les respondió que la fama del venerable anciano cuyas noticias no parecían ser muy halagüeñas. Entonces, otro de los presentes, de forma brusca, lo agarró de la mano y lo llevó por una galería húmeda hasta llegar a una habitación en tinieblas, apenas iluminada por una lucerna temblorosa, donde un viejo decrépito, sucio y con costras de sangre en la cara aullaba como las bestias de los montes. Un olor apestoso a pulpo podrido casi le hizo vomitar. Aquel que un día rigió las luces del conocimiento, enseñando el lugar del mundo en el cosmos y desvelando la realidad que los ojos mortales no acertaban a comprender, yacía en un camastro de tablas y mantas raídas, comido por los chinches y rodeado por algún que otro discípulo anósmico.

Epeo desfalleció y vio abalanzarse el hocico de la muerte como pocos meses antes lo presintió al temer no escapar de un espantoso tifón que los atrapó frente a las costas tracias, así que plegó las velas, huyendo de las zarpas de Hécate y del odorífero cuarto, y giró vivamente sobre sus pasos hacia el aire limpio de afuera. Respiró con profundidad al menos tres veces, apoyado en una columna, hasta vislumbrar en la penumbra a su cicerone que le invitaba a reunirse de nuevo con los demás y a que narrara profusamente sus viajes y negocios. ¡Epeo!, el foceo, el que había traspasado las columnas de Hércules y había visto los reinos dorados del rey Argantonio. ¡Vamos! Y Epeo lo siguió aturdido y sin rechistar.

Alguien mandó celebrar la visita del foráneo que regresaba sano y salvo desde los confines del mundo y dispuso que, para no agraviar a los dioses y al indispuesto anfitrión, montaran las mesas, atizaran el fuego, mataran unos pollos gordos, buscaran pan y rescataran el delicioso vino que el sabio atesoraba con celo en algún escondrijo de la casa. Había mucho que contar y eso harían, pero no sin clamar antes por un ilustre vecino que recitaba inverosímiles poemas eróticos. Aún no era tiempo de elegías. Comieron y bebieron como si les fuera la defensa de la ciudad en ello, mascando el pan ácimo y los trozos de pollo con fruición, libando desde el odre el vino de Éfeso que escondía el locuaz Anaximandro, riendo e interrumpiendo las historias que el joven Epeo les relataba sobre los pueblos y los monstruos marinos que había avistado, como la gigantesca águila cuyos silbidos hizo estremecer a los marineros, lo que derivó en que quizá el águila no fuesen sino las malvadas Sirenas que Ulises había burlado. Hablaron de la astucia que es la madre de la supervivencia y, ya colmados de vino, se retorcían de risa con los cantos lujuriosos del rapsoda. Y otra vez recordaron la noble ascendencia de Epeo y brindaron por él y su ventura y su madre, y volvieron a brindar por la filosofía y por Anaximandro, próximo a la muerte. Y entre voces y chascarrillos, con las tripas repletas de vino, recordaron, entre aplausos y más brindis, los días felices en que el maestro había concebido el cómputo del tiempo con un ingenio que era la envidia de los bárbaros babilonios. Rieron y chocaron las copas y los cuencos por los sagrados faunos, y la juventud y los amores que se evaporan por la acción del calor, como también les había enseñado el sabio, hasta que algunos a punto de reventar y borrachos como cubas se tiraron por el suelo o buscaron una columna en que apoyar la cabeza y echarse a roncar. El banquete había honrado la fama del anfitrión.

Entonces Epeo, no queriendo ser ingrato, aunque bastante afectado por el vino dulzón, viendo que todos los concurrentes andaban por los suelos, quiso marcharse no sin antes despedirse del moribundo y, copa en mano, decidió acercarse de puntillas, tapándose la nariz con la túnica, al cuartucho mugriento.

El viejo calvo y barbudo estaba despierto y solo, con la vista perdida en algún punto de la estancia. Epeo abrió más la puerta y el tufo le asaetó desde todos los lados como en una emboscada. Anaximandro giró la cabeza, lo miró y le habló:

- ¿Quién eres tú?
- El joven Epeo, de Focea.
-¿Eres valiente?

Y calló y volvió a hundir la mirada en un lugar indeterminado de la oscuridad.

-Epeo, ¿sigues ahí?
-Sí, maestro.
-Acércate, quiero hablarte.

Y, aunque reticente, lo hizo:

-Sálvame, joven Epeo, los sueños me arrastran fuera de este cuerpo, pues sé que ahora ya no seré yo, Anaximandro, y aunque nada se destruye ni nada se crea sino que todo tiene un origen, yo no regreso al arche, yo me convertiré en un pez y un pescador me arrastrará con los anzuelos a una barcucha... Sálvame, joven foceo -le gritó retorciéndose y agarrándole la túnica con sus garras -. No quiero ser un pez. Yo no soy un pez. Ayúdame... ¡Me asará!

Epeo, lívido del susto, se soltó como pudo y corrió a la calle, saltando por encima de los borrachos:   ¡ No soy un pez ! ¡ No soy un pez! ¡No soy un...!, le retumbaban en los oídos los gritos endemoniados del viejo, incluso cuando rato después, a la luz de la luna, se tambaleaba ardiente por las callejas imaginando que aún podría disfrutar de los favores de famosa Aspasia: ¡ Me asarán! ¡Me asarán!...
















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