jueves, 26 de marzo de 2015

Platón


Una tórrida y estrellada noche de julio, aliviada apenas por  rachas de viento que ascendían del Egeo, el maestro Platón, mientras saboreaba un vaso de agua, preguntó con pereza a los discípulos que a qué edad el hombre dejaba de ser niño - y se tumbó somnoliento a escuchar. Ellos, como siempre, contestaron con serena compostura, recreándose en narrar los ritos de iniciación que se practicaban en sus ciudades de origen... hasta que el temperamental Euspesipo encendió el coloquio con una afirmación tajante: claramente, en el momento en que el chico siente el ardor del sexo.

La polémica estaba servida, pues alguien le replicó que cuál era exactamente ese momento y si era carnal o espiritual; impulso o consumación; causa o efecto; acción o pasión; y por qué. El caso de Aquiles y Patroclo les sirvió para inspirarse, pero, recordaban, que Aquiles no era hombre y que por Atenas había más de uno que solía hacer de Aquiles a diestro y siniestro a golpe de bolsa, denigrando la imagen perfecta que Homero les había legado. ¿Y los mitos: acaso no mostraban otros ejemplos menos pervertidos? ¿Apolo? ¿Pero... y la mujer?¿Y los esclavos? El asunto se enturbiaba y subía de tono animando la calenturienta noche, cuando Euspesipo, alzando la voz otra vez, recordó al Batallón Sagrado de Tebas y llamó a los demás "sucias mujerzuelas" y "bragazas"...

En esta porfía se hallaban cuando Arquitas, el de Tarento, se apartó unos metros del vociferante grupo para buscar al jovencísimo Aristóteles y preguntarle acerca de las chicas de Macedonia, y el vino. Al rato, Filipo de Opunte, que los vio y se aburría, se arrimó a ellos con ganas de cuchichear una historieta que hacía nada le habían contado y que tenía como protagonista al venerable maestro, que, ajeno a la cháchara, andaba bostezando y dando cabezazos de sueño. Años después, cuando el gran Alejandro quiso saber cómo era Platón, el Estagirita recordó el calor y las voces de aquella noche de julio, y sonrió socarronamente.

Un día - les comentó en voz baja Filipo -, el joven Platón se quedó prendado de la belleza de una pequeña ánfora que vendían en el mercado del Dípylon. Se acercó al puesto extasiado y pidió permiso al comerciante para poder verla con más detenimiento, a lo que este accedió pensando, claro, en la venta. Cuentan que en ella se representaba a siete jóvenes doncellas danzando descalzas alrededor de un portentoso joven musculado. Eran las musas y Apolo. Las divinidades, cogidas de la mano, flotaban envueltas en largas túnicas de lino de Tebas, prendidas al hombro por una finísima fíbula apenas esbozada, el cuello terso por el que se deslizaban los rizos ensortijados, el pulcro trazo del ojo, los labios hirientes, las barbillas conteniendo el equilibrio de la danza... la composición le llevó a marearse y pensó, no sin turbación, que tras esas imágenes había algo, una vida, que le regalaba un sorprendente y pío tesoro. En el centro de la composición estaba el dios soberano, que también le atrapó: la gentileza, la proporcionalidad del gesto, la armonía de los músculos del torso, la leve sonrisa con que se complacía ante la danza de las hijas de Mnemosyne. Y, entonces, adivinó que otro hombre, lejos, un humilde alfarero, había obrado el milagro.

Pero el éxtasis anforino no terminó ahí, para desconfianza del tendero -siguió relatando Filipo a los otros dos: ¡Ni mucho menos! ¡Ya conocéis al maestro...!, les susurró con malicia-, para contemplarla aún mejor y disfrutarla aún más, se alejó un par de metros, encandilado por la fragancia que contenía, algún aceite perfumado de las que se estilan en los gimnasios. Estaba fascinado y ansioso. La caída del cuello a las asas, la prolongación del pie, el brillo azabache con que remataba la base... le susurraban palabras de la mismísima Artemisa. Platón -queridos amigos- se topó con La Idea transfigurada en un cacharro.

Así que, de repente, en un arrebato enérgico dejó con un palmo de narices al vendedor que se quedó protestando y maldiciendo. El maestro quiso emular al que fabricó tan divina obra y se le antojó instruirse en alfarería, por lo que, llevado por la ilusión de su edad, con el ánfora resplandeciendo en las concavidades de su mente, se dirigió a la Colina de las Ninfas, donde sabía que podría encontrar a un experto alfarero.

Al llegar al lugar, y tras las prudentes indagaciones, dio con el artesano, que se llamaba Formión, a quien le pidió que le explicara qué se necesitaba para hacer un ánfora. Formión lo miró con estupor y cautela. ¿No sería un loco? ¿O una divinidad caprichosa? Sin embargo, la inicial sospecha se convirtió en lástima ante la súplica de aquel imberbe de manos afeminadas y túnica impecable. Brevísimamente le quiso mostrar los rudimentos del torno y de la arcilla, pero Platón no podía esperar, la imagen que portaba en la cabeza parecía ir y venir como si se diluyese, y le exigió empezar a la de ya. Formión, pasmado, se encogió de hombros y sin otra lo dejó a cargo de uno de los aprendices más jóvenes, a lo sumo tres o cuatro años menor que Platón, que le proveyó de todo lo necesario.

Con ahínco se puso manos a la obra, el maestro, el sabio entre los sabios, - y les guiñó el ojo apuntando, con un golpe de barbilla, a Platón que parecía resoplar plácidamente allá, un poco más abajo-, colocó la pella de arcilla sobre el plato del torno y lo hizo girar mientras cerraba los ojos y mandaba a sus manos, humedecidas en un cuenco de agua sucia, que ordenaran la materia, el pobre barro, y representara el ánfora que con meridiana claridad había vuelto a brotar en un lugar recóndito detrás de su frente. El placer le inflamaba las sienes, las yemas de los dedos le quemaban de gusto al roce con la arcilla, la voz interior lo saciaba, y le pedía el siguiente paso, bosquejar con los útiles del pintor las estampas de las inspiradoras musas... y así pasó un cuarto de hora, más o menos, en un éxtasis que era el asombro del aprendiz de Formión, que no sabía qué ocurría allí, y que miraba a izquierda y a derecha por si alguno más, en el taller, presenciaba la chapuza que aquel desconocido estaba realizando y que a él le hubiera costado un buen par de latigazos.

Cuando Platón abrió los ojos, aunque un poco ofuscado por el efecto de la luz, no tardó en contemplar su creación. ¿Qué! No era ni mucho menos lo que esperaba y, de pronto, se percató de la sombra del aprendiz que lo miraba como un bobo con la boca abierta. ¿Pero qué había ocurrido?¿Era posible?¡Si en su mente brillaba con una precisión absoluta! Atolondrado e incrédulo miró y requetemiró lo que de entre sus manos había surgido y volvió a mirar al joven que había aprovechado para llamar a voces a Formión que vino de inmediato, y tras él, los dieciocho que faenaban por el taller. Una ocasión como esa no había que perdérsela.

Cuando vieron la cara del joven intransigente y el amasijo de arcilla, estallaron en una carcajada que aturdió la sensible personalidad del incipiente filósofo. Y tal fue su sonrojo que dio más pábulo al jolgorio y a la burla, que fueron in crescendo hasta reclamar la presencia de muchos otros que se apretujaban alrededor para escuchar las chanzas del alfarero Formión y contemplar la frustrada entelequia. En ese momento, en un rapto digno del toro de Creta o de la locura de Heracles, Platón agarró una garrota de olivo que había por allí y la emprendió a golpes con el ánfora y con todos aquellos que se cruzaban en su camino, queriendo acabar con las risas de los sarcásticos espectadores. Entonces, uno de ellos le tiró una crátera aún sin cocer que le dio en la cabeza y lo derribó.

En volandas lo sacaron a la calle donde, como un despojo, lo arrojaron violentamente, mientras se agolpaban en la puerta y en las ventanas muertos de risa. Platón, con el labio roto y la espalda magullada, se levantó y les juró y perjuró venganza mientras corría calle arriba esquivando las piedras.  ¡Puercos! ¡ Zarriosos! ¡Banausoi asquerosos! - les increpó de lejos, por si acaso.

Arquitas y Filipo rieron con la anécdota e imitaron a Platón insultando a los alfareros. Aristóteles, que había seguido la historia con atención, contuvo la risa, ya que no le pareció decoroso seguir el juego a aquel par. Y decidió irse a dormir. Dio las buenas noches y se marchó. Unos metros más adelante le asaltó el canto de una lechuza que provenía de la espesa copa de un pino. E imaginó que la Diosa los espiaba. 




domingo, 1 de marzo de 2015

Ápeiron


Ápeiron



En el año seiscientos y cincuenta y tantos antes de Cristo, la ciudad de Mileto gozaba de un tiempo de paz y prosperidad al amparo de la Alianza Jónica. Los orgullosos milesios se pavoneaban por el ágora perfumados y envueltos en ricas túnicas a la caza de los opulentos banquetes con que se agasajaban unos a otros, jactándose de haber conquistado el codiciado Egipto con especias y baratijas orientales, a expensas de los áticos. Era el mes de abril y la temperatura primaveral que ventilaba los fríos rezagados del invierno mejoraba la salud de la ciudad y transmitía optimismo a los hombres libres y confianza a los gobernantes. Los Dioses en su capricho les sonreían y la Naturaleza animaba la vida con su cálido aliento. Sin embargo, un hecho extraño y singular había irrumpido con fuerza en todas las conversaciones.

Cerca del puerto, unas higueras altas daban sombra a unos jóvenes que jugaban a los dados y comentaban a carcajada limpia que, aquella mañana, el viejo Anaximandro había corrido desnudo por las calles, chillando como una urraca sin plumas y levantando las manos al cielo, hasta tal punto que las mujeres escandalizadas lo tomaron como presagio de una inminente catástrofe. El viejo, tan seco que podría haberse clavado sus propios huesos al tropezar y caer de bruces sobre las tablas de un puesto de peces, se retorcía y deliraba en un lenguaje incomprensible que, a juicio de los muchos curiosos, semejaba el aullido de quien ya navega por las aguas mefíticas de la Estigia.

Anaximandro el sabio se había vuelto loco y moriría pronto. Tal cosa parecía evidente cuando lo llevaron a rastras a su casa, chillando y pataleando. La anécdota se extendió por cada rincón de la ciudad y por los campos cercanos, pues muy grande era el prestigio de quien fue el preferido del gran Tales. Y aunque muchos recibieron la noticia con sorna, otros se azoraron con el mal agüero y a muchos otros realmente les importó un rábano, un viejo loco más.

Por aquellos días de prosperidad había llegado a puerto un joven foceo, descendiente natural de aquel a quien se le otorgó el ingenio del Caballo de Troya, y por tanto también llamado Epeo. A pesar de su corta edad, 19 años, el joven Epeo, que aún lucía una barba limpia y una tez rosada que más de una vez le habían puesto en apuros, regresaba de un largo viaje henchido de historias que contar, por lo que creyó que era su deber encaminarse a una reputada taberna: tenía la bolsa llena, mucho que decir y unas profundas ganas de resolver el asunto de la barba. Fue en este camino cuando los jóvenes de la higuera lo llamaron y le hicieron partícipe de la locura de Anaximandro, el filósofo, y otros menesteres acerca de una tal Aspasia.

La intriga pudo más a Epeo que otra cosa y quiso conocer al insigne Anaximandro antes de que la muerte lo llevase. El hecho lo tendría en gran estima para su vida futura, así que pasó de largo la taberna y enderezó el rumbo hacia la casa del sabio. Preguntó a unos y preguntó a otros; y, por fin, con la oscuridad llamando a las puertas del cielo, halló el sitio.

Se encontró con una puerta entornada que daba a un patio oscuro. Cuando asomó la nariz y dio algún paso, el ruido de las sandalias de cuero hizo que de entre las sombras salieran algunos que lo miraron de arriba a abajo preguntándose quién sería aquel. Titubeante, Epeo, se dirigió al grupo de hombres que murmuraban y se presentó. No hizo falta más, porque de entre ellos saltó un hombretón manco, semidesnudo y descalzo, que se abalanzó sobre él sujetándolo fuerte en un medio abrazo, rememorando a rugidos la feliz estirpe del joven y aún más, la belleza y generosidad de su madre y sus hermanas, que eran famosas. Cuando al unísono le demandaron qué le traía por allí, el cortés Epeo, juzgándose prudente, les respondió que la fama del venerable anciano cuyas noticias no parecían ser muy halagüeñas. Entonces, otro de los presentes, de forma brusca, lo agarró de la mano y lo llevó por una galería húmeda hasta llegar a una habitación en tinieblas, apenas iluminada por una lucerna temblorosa, donde un viejo decrépito, sucio y con costras de sangre en la cara aullaba como las bestias de los montes. Un olor apestoso a pulpo podrido casi le hizo vomitar. Aquel que un día rigió las luces del conocimiento, enseñando el lugar del mundo en el cosmos y desvelando la realidad que los ojos mortales no acertaban a comprender, yacía en un camastro de tablas y mantas raídas, comido por los chinches y rodeado por algún que otro discípulo anósmico.

Epeo desfalleció y vio abalanzarse el hocico de la muerte como pocos meses antes lo presintió al temer no escapar de un espantoso tifón que los atrapó frente a las costas tracias, así que plegó las velas, huyendo de las zarpas de Hécate y del odorífero cuarto, y giró vivamente sobre sus pasos hacia el aire limpio de afuera. Respiró con profundidad al menos tres veces, apoyado en una columna, hasta vislumbrar en la penumbra a su cicerone que le invitaba a reunirse de nuevo con los demás y a que narrara profusamente sus viajes y negocios. ¡Epeo!, el foceo, el que había traspasado las columnas de Hércules y había visto los reinos dorados del rey Argantonio. ¡Vamos! Y Epeo lo siguió aturdido y sin rechistar.

Alguien mandó celebrar la visita del foráneo que regresaba sano y salvo desde los confines del mundo y dispuso que, para no agraviar a los dioses y al indispuesto anfitrión, montaran las mesas, atizaran el fuego, mataran unos pollos gordos, buscaran pan y rescataran el delicioso vino que el sabio atesoraba con celo en algún escondrijo de la casa. Había mucho que contar y eso harían, pero no sin clamar antes por un ilustre vecino que recitaba inverosímiles poemas eróticos. Aún no era tiempo de elegías. Comieron y bebieron como si les fuera la defensa de la ciudad en ello, mascando el pan ácimo y los trozos de pollo con fruición, libando desde el odre el vino de Éfeso que escondía el locuaz Anaximandro, riendo e interrumpiendo las historias que el joven Epeo les relataba sobre los pueblos y los monstruos marinos que había avistado, como la gigantesca águila cuyos silbidos hizo estremecer a los marineros, lo que derivó en que quizá el águila no fuesen sino las malvadas Sirenas que Ulises había burlado. Hablaron de la astucia que es la madre de la supervivencia y, ya colmados de vino, se retorcían de risa con los cantos lujuriosos del rapsoda. Y otra vez recordaron la noble ascendencia de Epeo y brindaron por él y su ventura y su madre, y volvieron a brindar por la filosofía y por Anaximandro, próximo a la muerte. Y entre voces y chascarrillos, con las tripas repletas de vino, recordaron, entre aplausos y más brindis, los días felices en que el maestro había concebido el cómputo del tiempo con un ingenio que era la envidia de los bárbaros babilonios. Rieron y chocaron las copas y los cuencos por los sagrados faunos, y la juventud y los amores que se evaporan por la acción del calor, como también les había enseñado el sabio, hasta que algunos a punto de reventar y borrachos como cubas se tiraron por el suelo o buscaron una columna en que apoyar la cabeza y echarse a roncar. El banquete había honrado la fama del anfitrión.

Entonces Epeo, no queriendo ser ingrato, aunque bastante afectado por el vino dulzón, viendo que todos los concurrentes andaban por los suelos, quiso marcharse no sin antes despedirse del moribundo y, copa en mano, decidió acercarse de puntillas, tapándose la nariz con la túnica, al cuartucho mugriento.

El viejo calvo y barbudo estaba despierto y solo, con la vista perdida en algún punto de la estancia. Epeo abrió más la puerta y el tufo le asaetó desde todos los lados como en una emboscada. Anaximandro giró la cabeza, lo miró y le habló:

- ¿Quién eres tú?
- El joven Epeo, de Focea.
-¿Eres valiente?

Y calló y volvió a hundir la mirada en un lugar indeterminado de la oscuridad.

-Epeo, ¿sigues ahí?
-Sí, maestro.
-Acércate, quiero hablarte.

Y, aunque reticente, lo hizo:

-Sálvame, joven Epeo, los sueños me arrastran fuera de este cuerpo, pues sé que ahora ya no seré yo, Anaximandro, y aunque nada se destruye ni nada se crea sino que todo tiene un origen, yo no regreso al arche, yo me convertiré en un pez y un pescador me arrastrará con los anzuelos a una barcucha... Sálvame, joven foceo -le gritó retorciéndose y agarrándole la túnica con sus garras -. No quiero ser un pez. Yo no soy un pez. Ayúdame... ¡Me asará!

Epeo, lívido del susto, se soltó como pudo y corrió a la calle, saltando por encima de los borrachos:   ¡ No soy un pez ! ¡ No soy un pez! ¡No soy un...!, le retumbaban en los oídos los gritos endemoniados del viejo, incluso cuando rato después, a la luz de la luna, se tambaleaba ardiente por las callejas imaginando que aún podría disfrutar de los favores de famosa Aspasia: ¡ Me asarán! ¡Me asarán!...