sábado, 22 de febrero de 2014

                                                                                                               A Juan José Ovejeros y a Bienvenido Martín

Yo crecí en Moraleja, en donde he vivido hasta hace poco, aunque de forma intermitente. Si pienso en la lectura, como quiero hacer en este blog, pienso en la supervivencia del lector; aún recuerdo cuando, por contribución popular, se inventó la biblioteca pública. La visité mucho. Conocí todos sus estantes y las posibilidades que estos, en aquella edad, me daban: Ásterix, Tintín, Los Cinco, la colección de Alfaguara... y los libros de naturaleza, que eran mis preferidos. Iba cada dos o tres tardes, después de escuela, y regresaba a casa con un ejemplar, que aquella misma noche leía. 

Esa "época" feliz de lector ligero, digamos, fue la segunda etapa de mi iniciación; pero la primera etapa por dónde cae. Hace no mucho, fondeando en este tema, pensé en qué libros podrían haber marcado mis comienzos en esta afición -sic-. Moraleja no era un lugar inhóspito culturalmente, era simplemente pobre. Había una librería, Bursan (Búrdalo&Sánchez), pero estaba poco provista y, claro, no había dinero. El estímulo de  los cómics de DC o Marvel era un espejismo cuyo horizonte elástico lo marcaba el escaparate. De todas formas no lo recuerdo como algo que anheláramos, pasábamos por allí, mirábamos, "pedíamos" y seguíamos jugando por las calles. Ese pasado no se presenta ni siquiera nostálgico, sino muy activo, solar. Los chicos de allí, al menos mis amigos, no se preocupaban mucho del tema, había balones y bastaba. Pero la imaginación quiere espacios y hogueras que la alimenten, y tras regresar a casa, hacer los deberes (entonces escasos) y cenar, volvíamos a la lectura.

Por ese camino de la imaginación, que entonces era un sueño de conocimientos, me he remontado un poco más allá, y si la calle no era lugar para libros, no sé qué decir de la escuela. 3º, 4º, 5º de EGB: Enseñanza General Básica. La disciplina férrea de doña Chelo, por quien sentíamos miedo y rebelión, pues tenía una mano de olivo dura y fría; y una voz cortante y cuando, cada mañana, en la escuela pública nos hacía rezar el Padre Nuestro, el hágase tu voluntad era de una implacable y turbia ironía, que nos hacía desear que la mañana acabase pronto. No obstante, le debo mucho al gobierno de doña Chelo  y debo reconocer que por mí y por mis hermanos, tranquilos y aplicados, sentía predilección. 

El curso de 3º y 4º lo hicimos en las "seras" - hasta tiempo después no descubrí que eran "las eras". 5º en "La fragua", un casa que años antes había servido de fragua y más tarde de gimnasio. Más de un carácter se forjó allí. El orden y mando de doña Chelo dejaba poco margen para lo lúdico y el esparcimiento, y no alcanzo a recordar ningún momento literario, vagamente poemas a la encina o a la patrona, la Virgen de la Vega, por mayo. Por el contrario, sí recuerdo el dogma de la lectura: Sacar el libro y a leer. "¡Raúl Recio, lee en voz alta!", y todos sabíamos que el pobre Raúl o Chema o Álvaro o Sonia cobraban con seguridad, así que metíamos la nariz en aquel libro que habíamos sacado de nuestras mochilas con síndrome de urgencia, y no perdíamos pista de por dónde iba la atlética y militar lectura .

Es posible que esa sea la primera etapa de mi descubrimiento. Agazapado, tras la voz atemorizada de mis compañeros, yo caí en la palabra, encontré un camino distinto, una fuga de Alcatraz, silenciosa, solitaria, urdida a escondillas de la maestra. Los libros de lectura eran los Senda, de la editorial Santillana, que aún guardamos.

Si trazo un mapa de etapas de mi aficción a los libros, éste es mi primer estadio consciente. Hay una etapa primigenia, una semilla, que desgranaré en otro post, otro día quizá.

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