CIAO
Con precisión ordenó sobre la mesa de la cocina los cuadernos. Abrió uno y miró con vergüenza la mala caligrafía de la letra, como cosida al subrayado azul de la página. Observó la raya, el surco de tinta acuosa recorriendo el papel. Las ideas ininteligibles y remotas. Y recontó con la vista. Cinco, anillados. Todos igual, con las tapas azul vaquero. En la chimenea había encendido un fuego vivo que abrasaba una pirámide de astillas y troncos de encina seca. Uno a uno los fue arrojando y, sin pausa, fueron consumiéndose. La llama, alegre, crepitante, le dilataba las pupilas y contemplaba, con placer, cómo las pavesas se desprendían en el humo frenéticas, a sacudidas, extremidades, cuerpo y alma.
Con precisión ordenó sobre la mesa de la cocina los cuadernos. Abrió uno y miró con vergüenza la mala caligrafía de la letra, como cosida al subrayado azul de la página. Observó la raya, el surco de tinta acuosa recorriendo el papel. Las ideas ininteligibles y remotas. Y recontó con la vista. Cinco, anillados. Todos igual, con las tapas azul vaquero. En la chimenea había encendido un fuego vivo que abrasaba una pirámide de astillas y troncos de encina seca. Uno a uno los fue arrojando y, sin pausa, fueron consumiéndose. La llama, alegre, crepitante, le dilataba las pupilas y contemplaba, con placer, cómo las pavesas se desprendían en el humo frenéticas, a sacudidas, extremidades, cuerpo y alma.
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