EL ALCOHOL (2)
La hojarasca y la arena se arremolinaba en las calles y molestaba a los transeúntes que caminaban cabizbajos y aprisa. Este aire molesto le volvía melancólico, una melancolía real, sensible, como un punzón agudo en el pecho. Decidió buscar amparo y entró en un pub. Sintió una bofetada de humo que lo metió en ambiente. Rostros y olores reconocibles, siempre los mismos. Pero no quería hablar. No hablar. No ponerme al descubierto. Con esta ansiedad mal disimulada se dirigió a la barra, sorteando a los otros, identificando la música atronadora: quería un ron o un whiskey, seco. Ron. Y mientras una camarera inexperta le servía la copa, contempló con desgana la voluptuosidad de sus labios morados. Bebió y sintió el ardor y una sensación de alivio. Sentir no querer sentir, y quiso más, otra copa. En ese momento la música hizo un extraño juego con el humo y, en un tiempo aparte, como congelado, la camarera sacó súbitamente la mano del fregadero. De su dedo pulgar caía un gota de sangre muy roja y muy gruesa que rotuló el borde de un vaso.
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