AGORAFOBIA
Un habitación de cuatro por cuatro, sin cortina ni visillo, pintada en
blanco roto y decorada con una cenefa rojiza y geométrica de inspiración
griega. Un espacio con un solo mueble: un sofá de dos plazas, ciento setenta y
dos por cien centímetros, centrado y apoyado en la pared; el sofá está revestido de una tela sintética verde veronés con estampado floral en negro de la que, inesperadamente, surgen dragones voladores. Baldosas cerámicas de sesenta por sesenta, imitando un mármol grisáceo. Un bombilla de bajo consumo, 11 watios, desnuda, simple. El edificio se orienta al Norte.
Cada tarde, él abría la puerta, con decisión. Se sentaba en el lado izquierdo del sofá, junto a la única ventana, que daba al Oeste. Curvaba el cuerpo hacia adelante y descansaba los codos en
las rodillas mientras apoyaba en las palmas de las manos el rostro. El tiempo
transcurría ensimismado hasta que se levantaba y, con calma,
abría la ventana, la hoja izquierda, y un aire nítido inundaba el cuarto. En
frente hay una huerta con frutales y los cantos de los estorninos y los gorriones que revoloteaban en una
higuera altísima entraban en la habitación. Al cabo, salió, sin
cerrar la puerta, para regresar con unos libros de pasta verdinegra en una mano
y una taza de café humeante en la otra. En la esquina de la pared Este, en encaje
perfecto, colocó los libros. Sorbió el café mirando por la ventana. E
inexpresivo volvió al sofá para tornarse, de nuevo, escultura.
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